A ver, seamos honestos. Jounouchi Katsuya, mejor conocido en Latinoamérica como Joey Wheeler, es realmente el verdadero protagonista de Yu-Gi-Oh.
Por Riku Dealcroix
No Yugi, no Kaiba, no el faraón con 5,000 años de experiencia con el cabello perfectamente punteagudo que vivía rentando espacio en la cabeza de un adolescente que descubrió que esta entidad vivía en un rompecabezas que su abuelo le regaló para que lo armara como hobby.
Porque, siendo bastante honestos, mientras Yugi tenía quien le hiciera el paro en cada duelo, Kaiba disponía de una fortuna capaz de financiar el programa espacial de varios países o incluso de pagar la deuda externa del país, y Marik contaba con artefactos milenarios diseñados para manipular almas, Joey llegó a la historia armado con un Mago del Tiempo que prácticamente le regalaron, un Bebé Dragón y una confianza tan desproporcionada que debería figurar como una de las siete maravillas del mundo.
Pero lo verdaderamente absurdo es que el sujeto empezó la serie sin saber jugar. No es una figura retórica o alguien que imponga a primera vista, ya que literalmente estaba aprendiendo las reglas mientras los demás competían en torneos internacionales. Era como ver a alguien entrar accidentalmente a una carrera de Fórmula 1 en una bicicleta oxidada y terminar peleando por el campeonato. Mientras otros duelistas hablaban de estrategias avanzadas y monstruos legendarios, Joey parecía guiado exclusivamente por una filosofía basada en lanzar monedas, creer en sí mismo y esperar que el universo resolviera el resto, y claro, con la guía de Yugi y de su abuelo al inicio de la serie.
Pero lo increíble de todo esto es que, de alguna manera, funcionó, ya que si hacemos una lista:
Derrotó campeones.
Derrotó tramposos.
Derrotó criminales.
Derrotó psicópatas.
Derrotó personas con poderes sobrenaturales.
Y eventualmente empezó a darle problemas serios a individuos que controlaban dioses egipcios.
Pero aquí es donde la historia deja de ser una historia de superación y empieza a parecer una conspiración.
Porque Battle City nos regaló momentos increíbles y definitivos, pero el más importante fue el duelo contra Marik.
O como debería llamarse realmente:
«El día en que el guion tuvo que intervenir para salvar a Marik».
Durante todo el enfrentamiento, Joey recibe una cantidad ridícula y satisfactoria para Marik de castigo físico y mental.
Cada ataque era básicamente una descarga eléctrica enviada directamente al alma. El hombre estaba siendo cocinado espiritualmente frente a una audiencia en vivo y aun así seguía jugando. Seguía levantándose. Seguía destruyendo monstruos. Seguía avanzando con una promesa y una meta fija que se propusieron él y Yugi. Esa fuerza de voluntad superaba a todo.
Hasta que ocurrió lo inevitable.
Marik estaba acabado.
La victoria estaba servida.
El ataque final estaba listo.
El duelo había terminado en todo sentido práctico.
Marik ya estaba imaginando cómo explicarle al Dragón Alado de Ra que acababa de perder contra un tipo cuya estrategia principal consistía en encomendarse a una moneda, un dado y una lagartija bebé.
Entonces ocurrió el mayor milagro de toda la franquicia.
Marik sobrevivió gracias al poder del guion, siete rituales egipcios prohibidos, tres sacrificios narrativos y probablemente una llamada de emergencia directamente al departamento de escritores, tres avemarías y claramente porque a Kazuki Takahashi le pareció buena idea que no perdiera contra él.
Porque si Joey declaraba ese último ataque…
Se acababa Battle City y el mundo estaría salvado.
Fin.
Créditos.
Todos a casa, ya no te necesitamos, Yugi.
Y ni siquiera es la hazaña más absurda de Joey.
Porque además estamos hablando del mismo individuo que logró salir del trance que lo mantenía atrapado en el Reino de las Sombras. Sí, el Reino de las Sombras. Esa dimensión ficticia que Fox Kids construyó con cinta adhesiva, censura y buenas intenciones para evitar explicar que en la versión original estaban ocurriendo cosas bastante más perturbadoras.
El Reino de las Sombras intentó quedarse con Joey.
Y Joey básicamente respondió:
«No, gracias.»
Y salió.
Porque aparentemente ni las dimensiones alternas inventadas por los censores tenían autoridad sobre él, ¿verdad, diva?
Y no olvidemos otro detalle importante.
JOEY NO SE RAJÓ FRENTE A RA.
Estamos hablando del Dragón Alado de Ra.
El dios supremo de Egipto.
Una entidad divina.
Una criatura tan rota que hasta los propios personajes parecían necesitar terapia cada vez que aparecía, ¿verdad, Mai?
La reacción normal ante Ra era el miedo por ser el dios más poderoso y misterioso.
La reacción de Joey fue esencialmente:
«Está muy bonito tu pollo mitológico dorado, pero igual me la vas a pelar.»
¿Qué clase de persona observa una deidad ancestral descendiendo del cielo envuelta en fuego apocalíptico y decide mantener exactamente el mismo plan?
Joey Wheeler.
Y como si todo esto no fuera suficiente, el universo decidió recompensarlo permitiéndole conquistar a Mai Valentine.
Mientras Yugi estaba ocupado resolviendo traumas de hace cinco milenios y ligándose a Kaiba, o Kaiba manteniendo una relación emocional más estable con el Blue-Eyes White Dragon que con cualquier ser humano, Joey terminó ligándose a la mujer más atractiva de todo Duel Monsters.
Mai prácticamente lo adoptó.
Le heredó el pase para entrar al Reino de los Duelistas cuando estaba a punto de quedarse fuera.
Lo ayudó constantemente.
Lo apoyó cuando más lo necesitaba.
Lo llevaba de aquí para allá en convertibles.
Además de cuidar a la lisiada de su cuñada.
Y cada vez que Joey hacía algo increíblemente estúpido, Mai reaccionaba como alguien que ya había tomado una decisión emocional terrible pero irreversible.
Mientras los demás tenían dioses egipcios…
Joey tenía patrocinio romántico.
Y FUNCIONABA.
Realmente funcionaba.
Eso es lo que vuelve tan aterrador al personaje que inició siendo alguien ordinariamente simple.
No es el más inteligente.
No es el más fuerte.
No tiene la mejor baraja.
No tiene un faraón aconsejándolo.
No tiene una corporación multimillonaria.
No tiene sentido común.
Lo único que tiene es un Mago del Tiempo prácticamente regalado, un Bebé Dragón, una suerte estadísticamente imposible, una novia que lo pasea en convertibles, una confianza completamente injustificada y un corazón bastante honesto.
Y aun así casi derrota a personas elegidas por el destino.
Por eso Joey Wheeler no es simplemente un gran duelista.
Joey Wheeler es una anomalía.
Una grieta en la lógica interna de Yu-Gi-Oh.
Es la prueba viviente de que un hombre impulsado únicamente por la amistad, el azar, la terquedad y una absoluta negativa a aceptar que debería perder puede desafiar a faraones, porque claro, enfrentó a Yami bajo el poder de Marik, y aun así Joey tuvo una fuerza de voluntad tan grande que logró escapar de su control mental.
Enfrentó a multimillonarios psicópatas, entidades sobrenaturales, dioses egipcios y hasta dimensiones inventadas por Fox Kids.
Y eso da mucho más miedo que cualquier carta legendaria jamás impresa en la historia de Yu-Gi-Oh.





